Elija el momento y el lugar apropiado.
Tómese su tiempo y siéntase distendido.
Piense en los fértiles y asoleados valles, en
el rocío que riega las parcelas, la brisa que
balancea los tallos y mece las enormes hojas,
mientras esperan la cosecha.
Y luego, en las delicadas manos que
prolijamente han realizado el milagro de
lograr que la caprichosa hoja tome la única
e inigualable forma de un puro.
No apresure el placer, vaya detrás de él.
Las caladas deben ser espaciadas, dándole
al puro el tiempo adecuado para desprender
-de a poco- su carga aromática. Cuide de no
desarrollar una brasa excesiva, evitando que
el recalentamiento y la saturación de los
pasos de aire de la tripa, opaque el humo
y reduzca el aroma. Consumidas sus dos
terceras partes, se lo abandona en el cenicero.